Los días cambian de lugar

"... moi pressé de trouver le lieu et la formule." *
A.R.
Siempre se quería ir. Un místico en estado salvaje. Sentía la tentación de escapar. De escapar a ese malentendido mayúsculo, a las facilidades burguesas. A las voces que le exigían. A su propia voz. La primer gran fuga fue antes de cumplir los diecisiete años: se fue a París.
"Arthur Rimbaud: viaje y poesía", así se llamaba la conferencia. La poesía es un viaje, pensé. Rimbaud + viaje + poesía = unidad inseparable.
Alain Borer, el conferencista, comentó que había encontrado veintiocho nombres de lugares en una carta que Arthur el hermoso, el de los ojos claros, le había escrito a su madre, Vitalie Cuif. A la madre intransigente le tocó un hijo que había decidido echarse a andar; irreverente, tierno y maleducado. No había vuelta atrás. La diversidad de lugares iba a marcar su vida.
El prófugo tempestuoso conquistó a Paul Verlaine. Fueron juntos a Inglaterra y a Bélgica. Los movimientos se sucedían, los traslados. Los días cambiaban de lugar. Aun así había algo fuera de cuestión: la búsqueda es una experiencia individual.
No es la evasión en sí misma lo que seduce, es el desplazamiento valiente que necesita encontrar algo. Y lo que seduce es –como dice Baudrillard- lo ajeno, lo prohibido, lo interdicto. Qué puede seguir siendo ajeno a un joven que ha pasado una temporada en el infierno, Une saison en Enfer...
"La poesía no es un campo literario, es un modo de pensar", dijo Borer. Como existe la forma de pensar deductiva, por ejemplo, existe la forma de pensar poética, agregó. Este místico en estado salvaje, como definiera Paul Claudel a Rimbaud, no hacía poesía, pensaba en poesía. Un día colgó las letras, renunció a la literatura; no sé si a su forma de pensar poética.
Hacer una revolución en las letras antes de cumplir los veinte tuvo costos altísimos para el creador de l'alchimie du verbe. Europa le quedó chica. Le quedaban todavía muchas inquietudes, asuntos trascendentes sin resolver. Una exigencia peligrosa y fina como la hoja de un cuchillo lo llevó a cambiar de continente, a explorar. Se fue hasta África. La fuerza interna lo llevó caminar 100.000 kilómetros. Esto último lo contó Borer. Estudió mucho a Rimbaud y a su obra, publicó varios libros, al punto que decidió hacer el mismo viaje que el poeta. Confesó que de haber hecho el mismo viaje, no hubiera sobrevivido.
Rimbaud llegó hasta Abisinia. Hoy Abisinia es Etiopía. Quiso traficar marfil allí, pero eso no es lo más importante. Busqué "abisinio" en Google – Imágenes y aparecen gatos abisinios y otros animales. Parece ser que hay un tipo abisinio en la escala animal. Justo, el gato abisinio se define como de cabeza triangular, pelo salvaje y cuerpo esbelto. De un exotismo elegante, da miedo.
(Mi padrino hablaba de los abisinios cuando yo era niña. Los iban a comprar a una panadería especial. Por años, un abisinio para mí era un bizcochito de chocolate.)
Borer nos dejó lo que él llamó "trésors" rimbaldianos, o rimbadianos, o rimbodianos, como se diga. "... moi pressé de trouver le lieu et la formule", eso dice el poeta en Vagabonds (Les illuminations). Ahí está una de las claves de sus desplazamientos continuos: la imperiosa urgencia por encontrar el qué, el dónde y el cómo.
A.R.
Siempre se quería ir. Un místico en estado salvaje. Sentía la tentación de escapar. De escapar a ese malentendido mayúsculo, a las facilidades burguesas. A las voces que le exigían. A su propia voz. La primer gran fuga fue antes de cumplir los diecisiete años: se fue a París.
"Arthur Rimbaud: viaje y poesía", así se llamaba la conferencia. La poesía es un viaje, pensé. Rimbaud + viaje + poesía = unidad inseparable.
Alain Borer, el conferencista, comentó que había encontrado veintiocho nombres de lugares en una carta que Arthur el hermoso, el de los ojos claros, le había escrito a su madre, Vitalie Cuif. A la madre intransigente le tocó un hijo que había decidido echarse a andar; irreverente, tierno y maleducado. No había vuelta atrás. La diversidad de lugares iba a marcar su vida.
El prófugo tempestuoso conquistó a Paul Verlaine. Fueron juntos a Inglaterra y a Bélgica. Los movimientos se sucedían, los traslados. Los días cambiaban de lugar. Aun así había algo fuera de cuestión: la búsqueda es una experiencia individual.
No es la evasión en sí misma lo que seduce, es el desplazamiento valiente que necesita encontrar algo. Y lo que seduce es –como dice Baudrillard- lo ajeno, lo prohibido, lo interdicto. Qué puede seguir siendo ajeno a un joven que ha pasado una temporada en el infierno, Une saison en Enfer...
"La poesía no es un campo literario, es un modo de pensar", dijo Borer. Como existe la forma de pensar deductiva, por ejemplo, existe la forma de pensar poética, agregó. Este místico en estado salvaje, como definiera Paul Claudel a Rimbaud, no hacía poesía, pensaba en poesía. Un día colgó las letras, renunció a la literatura; no sé si a su forma de pensar poética.
Hacer una revolución en las letras antes de cumplir los veinte tuvo costos altísimos para el creador de l'alchimie du verbe. Europa le quedó chica. Le quedaban todavía muchas inquietudes, asuntos trascendentes sin resolver. Una exigencia peligrosa y fina como la hoja de un cuchillo lo llevó a cambiar de continente, a explorar. Se fue hasta África. La fuerza interna lo llevó caminar 100.000 kilómetros. Esto último lo contó Borer. Estudió mucho a Rimbaud y a su obra, publicó varios libros, al punto que decidió hacer el mismo viaje que el poeta. Confesó que de haber hecho el mismo viaje, no hubiera sobrevivido.
Rimbaud llegó hasta Abisinia. Hoy Abisinia es Etiopía. Quiso traficar marfil allí, pero eso no es lo más importante. Busqué "abisinio" en Google – Imágenes y aparecen gatos abisinios y otros animales. Parece ser que hay un tipo abisinio en la escala animal. Justo, el gato abisinio se define como de cabeza triangular, pelo salvaje y cuerpo esbelto. De un exotismo elegante, da miedo.
(Mi padrino hablaba de los abisinios cuando yo era niña. Los iban a comprar a una panadería especial. Por años, un abisinio para mí era un bizcochito de chocolate.)
Borer nos dejó lo que él llamó "trésors" rimbaldianos, o rimbadianos, o rimbodianos, como se diga. "... moi pressé de trouver le lieu et la formule", eso dice el poeta en Vagabonds (Les illuminations). Ahí está una de las claves de sus desplazamientos continuos: la imperiosa urgencia por encontrar el qué, el dónde y el cómo.
Los viajes en el siglo XIX eran verdaderas peregrinaciones: desgastes físicos despiadados para lograr recompensas emocionales. Se hizo una observación interesante en la conferencia. Frente a esa exigencia corporal, a las penurias de los viajes en otros tiempos, hoy viajamos sentados. Ya sea en coche, en ómnibus, en avión o en barco. Nos vamos a la cómoda, hay que pagar pero no con la sangre. Tampoco el viajero común se aventura a conocer sitios inusitados, remotos; vayamos cerquita, aquí nomás. Bien lo dijo Borer, hoy no se sobrevive al viaje de Rimbaud. Trato pero no puedo encontrar un equivalente a esa proeza en el año 2006. Los viajes vía Internet también son quietos, apoltronados en casas, lugares de trabajo o ciber cafés. Tomando un café, bebidas con gas analcohólicas, comiendo la barra de cereal que suple el almuerzo calórico.
"... moi pressé de trouver le lieu et la formule." Quizás no estemos tan urgidos. Cuando los días cambian de lugar, cuando se viven en otro sitio que no es el habitual, los engranajes se mueven hasta acomodarse de otra forma. Tanto cambio de engranaje va a terminar por cambiarle la cara interior a la máquina, por hacerla otra. Y eso es bueno, estoy segura.
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"... yo urgido por encontrar el lugar y la fórmula."
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Conferencia: Alain Borer - "Arthur Rimbaud: viaje y poesía".
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Agosto, 2006.