La distancia es un estado de ánimo

Siempre me acuerdo de la famosa magdalena de Marcel Proust, del pasaje que aparece en su extensa, prolongadísima novela À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido). Dicen que Proust regresó un día a su pueblo natal y, como cuando era pequeño, pidió magdalenas para desayunar. Al entrar en contacto con la primer magdalena, el sabor de ésta le evocó mágicamente los recuerdos de su infancia. Y cuentan que este fue el motivo que lo impulsó a escribir À la recherche du temps perdu.
(Adjunto al final del post un fragmento de este renombrado pasaje, el original en francés y su traducción. Vale la pena leerlo o releerlo.)
La mermelada de sauco me recuerda los madrugones en un hotel de Cusco, los desayunos a horas tempranas para salir a esperar el tren que nos llevaría a las ruinas históricas. El pan casero, la mermelada de sauco, el primer sol que se colaba por la ventana, los techos rojizos, la modorra que invade en esas circunstancias a personas como yo –básicamente noctámbulas- cuando nos obligamos a levantarnos demasiado temprano.
Los pastelitos fritos de jamón, huevo duro y anchoas me retrotraen a la casa de mi abuela y a mi primera infancia. La cocina era grande y cuadrada con una despensa donde guardaban todo tipo de conservas. El juego era robar pastelitos calientes.
Los sabores especiales traen a la superficie recuerdos que no parecen disponibles. Que no están en la orilla sino mar adentro. El botín del cofre que descansa en el lecho oceánico.
Me di cuenta que con la distancia y los amigos pasa algo similar. El amigo está cerca. El amigo es cerca. La distancia no está. Se mantiene escondida. Escondida y retraída, a veces. Escondida y agazapada, otras veces.
La distancia tiene que ver con un estado de ánimo. Mientras escuchaba a Enrico Rava y a Stefano Bollani en el teatro tocando jazz la distancia con los seres queridos era un puntito en el cielo. Me invadía una sensación de libertad, de barreras derribadas, de exultación y plenitud. Me sentía en armonía con el universo. La distancia entonces, es un estado de ánimo.
El sábado estuvo de visita mi amigo V. Estuvo en un congreso en Buenos Aires y cruzó el río para visitarnos, una estadía relámpago que duró poco más de un día. El domingo de mañana volvería a Buenos Aires, allí se tomaría el avión para regresar a su país.
En cuanto llegó intercambiamos regalos y conversamos como siempre, riéndonos a carcajadas, a pesar de los años que hacía que no hablábamos personalmente. La distancia hacía agua, se perdía, equivalía a un solo byte en una computadora. Fuimos con él a pasear, a comer, a tomar, a hacer visitas. Descansamos un rato y otra vez: a pasear, a comer, a tomar, a hacer visitas. La distancia era una uña de piojo.
El domingo de mañana se fue. Lo acompañamos con su valija hasta que hizo sus papeleos para poder partir. La figura agazapada –la distancia- se asomó sin timidez. Creció y se plantó allí, donde estábamos nosotros. Se dejó ver, tomó cuerpo a plena luz del día. De golpe aparecieron cadenas de montañas, océanos, círculos polares, años luz. Las barreras se volvieron a erguir. Las risas se callaron y un silencio breve nos pateó la cara. El estado de ánimo había cambiado para dar paso a algo sombrío. La distancia tenía la superficie de la Amazonia. Seguía siendo un estado de ánimo, otro muy distinto al anterior.
Hoy me compré magdalenas. No conseguí en el almacén de la esquina, tuve que ir hasta el supermercado. Me preparé café, amo el café. Quise sentir lo que Marcel Proust –el sabor que evoca un buen recuerdo- pero no dio resultado. Como dije al principio las asociaciones entre sabores y recuerdos son personales. La magdalena le funcionó a Marcel, no a mí. Como dice el escritor, busqué “llenarme de una esencia preciosa”, dejar de “sentirme mediocre, contingente, mortal.” Quise cambiar el estado de ánimo, pasar a otro mejor, para olvidarme así, otra vez, de eso que llamamos distancia.
-Marcel Proust. À la recherche du temps perdu. Du côté de chez Swann. 1913.
II y avait déjà bien des années que, de Combray, tout ce qui n'était pas le théâtre et le drame de mon coucher, n'existait plus pour moi, quand un jour d'hiver, comme je rentrais à la maison, ma mère, voyant que j'avais froid, me proposa de me faire prendre, contre mon habitude, un peu de thé. Je refusai d'abord et, je ne sais pourquoi, me ravisai. Elle envoya chercher un de ces gâteaux courts et dodus appelés Petites Madeleines qui semblent avoir été moulés dans la valve rainurée d'une coquille de Saint-Jacques. Et bientôt, machinalement, accablé par la morne journée et la perspective d'un triste lendemain, je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où j'avais laissé s'amollir un morceau de madeleine. Mais à l'instant même où la gorgée mêlée des miettes du gâteau toucha mon palais, je tressaillis, attentif à ce qui se passait d'extraordinaire en moi. Un plaisir délicieux m'avait envahi, isolé, sans la notion de sa cause. II m'avait aussitôt rendu les vicissitudes de la vie indifférentes, ses désastres inoffensifs, sa brièveté illusoire, de la même façon qu'opère l'amour, en me remplissant d'une essence précieuse : ou plutôt cette essence n'était pas en moi, elle était moi. J'avais cessé de me sentir médiocre, contingent, mortel. D'où avait pu me venir cette puissante joie ? Je sentais qu'elle était liée au goût du thé et du gâteau, mais qu'elle le dépassait infiniment, ne devait pas être de même nature. D'où venait-elle ? Que signifiait-elle ? Où l'appréhender ?
chefsimon.com/madeleine.htm
-Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann.
Hacía ya varios años que, de Combray, no existía para mí más que el escenario y el drama de acostarme, cuando un día de invierno, al verme entrar en casa, mi madre vio que tenía frío y me propuso que tomara, contra mi costumbre, un poco de té. Al principo no quise, y no sé por qué cambié de opinión. Mandó a buscar uno de esos dulces compactos y abultados llamados magdalenas que parecen moldeados en la valva estriada de una concha de Saint Jacques. Y maquinalmente, abatido por la sombría jornada y la triste perspectiva del día siguiente, me acerqué a los labios una cucharada del té donde dejé ablandarse un pedazo de magdalena. Pero en el mismo momento en que el sorbo mezclado con las migas del dulce rozó mi paladar, me estremecí, atento a lo que de extraordinario ocurría en mí. Me había invadido un placer delicioso, aislado, sin la noción de su causa, que volvió indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma manera que obra el amor, llenándome de una esencia preciosa; o, más que venir a mí, esa esencia era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde procedería aquella intensa alegría? Sentía que iba unida al sabor del té y del dulce, pero que lo rebasaba infinitamente, no debiendo ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderla?
foro.univision.com/univision/board/message?board.id=literatura&message.id=8996
-Ilustración
Pueden verse figuras diferentes según la distancia a la que se mire el dibujo.
ac-grenoble.fr/ episdor/classes/cm2-cm1